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No nos importan tanto

El coronavirus es el nuevo cuco mundial. Horas, miles de horas hablando de cuántos casos, en qué países, dando cuenta de las medidas que toma cada uno, miles de horas, miles de páginas sobre el coronavirus, cómo prevenimos, cómo nos cuidamos, barbijo sí, barbijo no. El coronavirus no es la primera pandemia, no será la última y no es la más importante. Sin embargo, como ha sacudido la economía mundial y tendrá efectos siderales como consecuencia lógica de un planeta interconectado, todos sumamos nuestra voz de alarma y contribuimos a engordar la atención sobre la enfermedad y sus riesgos y no es para menos.

Es absolutamente cierto que habrá un costo económico global, que ese costo excederá los daños directos de los sectores afectados, que cualquier debacle económica se propaga rápidamente de un país a otro por obra y gracia de los vínculos comerciales y financieros que asocian a todos con todos en esta hermandad global. Es cierto que a medida que el mundo se integra más, aumentan los costos mundiales.

Lo que no es tan cierto es que el coronavirus es la única pandemia. Lo que pasa es que las demás afectan sobre todo a los más pobres, son enfermedades de “transmisión social” propiciadas por el contexto desfavorable y por eso, ni son tan populares, ni ganan tanta prensa. Aunque suene desagradable y hasta inmoral, no importan tanto, por eso gozan del menosprecio general y son casi invisibles.

Sin negar el flagelo ni minimizar los riesgos de la actual, ya hemos vivido pandemias graves y muy graves, brotes epidémicos y endemias, como la malaria, el chagas o el dengue, que, cada tanto, como ocurre en este mismo momento con el dengue, vuelven a ser noticia y a generar algún grado de preocupación. Claro que nunca comparable a las toneladas informativas que ha ganado el coronavirus.

Lamentablemente estas epidemias, más cercanas, más nuestras, guardan relación directa con la pobreza, con la ausencia de políticas públicas contudentes y con las debilidades del sistema de salud. Las malas condiciones de vida son la madre de nuestras pequeñas catástrofes.

Por eso, hablemos de coronavirus porque es muy importante, crucial, pero sumemos también los problemas de salud evitables asociados a la condición socioeconómica desfavorable, como el sobrepeso, las enfermedades cardiovasculares, la desnutrición. Hablemos de nuestras “pandemias” que provocan muertes de niños, que acortan la expectativa de vida de los mayores, que los discapacita e incapacita, hablemos de lo que todos los días daña y mata a nuestra gente. Hablemos de que siguen sin tener acceso al agua potable, a una alimentación saludable, o peor, a una alimentación, así, a secas. Hablemos de todas las enfermedades silenciosas que tenemos en nuestro país, provoquemos una catarata de noticias, mandemos todos los móviles, hagamos horas y horas y más horas televisivas y radiales, hagamos que sea tendencia en las redes sociales, llenemos muchas páginas también con este tema.

Y si prefieren, saltemos las fronteras, hablemos del mundo, porque hay muchos que están como nosotros. El director de la OMS, dijo que “la mayor amenaza para la seguridad sanitaria es la inexistencia de una cobertura sanitaria universal” y advirtió que hay en el mundo 3.500 millones de personas que viven en condiciones miserables y sin acceso a servicios de salud esenciales. Mientras no logremos “salud universal, a escala global, seguiremos de tiempo en tiempo, con distintos agentes o causas, sintiéndonos todos amenazados”, advirtió. O sea que no estamos solos padeciendo esta “pandemia”, somos muchos los que sufrimos las enfermedades asociadas con la pobreza y las desigualdades sociales.

Claro que las autoridades sanitarias tienen que ocuparse del coronavirus, establecer protocolos de actuación y garantizar que los mismos se activen, claro que están obligados a ocuparse del tema. Claro que la cartera económica tiene que estar atenta al “humor” de los mercados, al FMI, a la reacción de la economía mundial. Nada de eso está en tela de juicio, lo que es inconcebible es la deuda que tenemos con nuestras propias “pandemias”, con nuestras enfermedades históricas que lejos de desaparecer siguen ahí arrebatando vidas, provocando muertes evitables.

Nuestro problema es que, mientras el coronavirus es el nuevo cuco mundial y dedicamos nuestra atención a este flagelo, las enfermedades que son nuestras amenazas permanentes, producto de la pobreza y las desigualdades sociales, siguen ahí, invisibles y cobrando vidas y aunque suene desagradable y hasta inmoral, no nos importan tanto.

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