Editoriales | Alberto Fernández

¿Alguna vez lo entenderemos?

Entre los varios conflictos latentes en Argentina, la posibilidad del regreso de las manifestaciones del campo está entre los principales y depende de la cintura política de Alberto Fernández que se eviten posibles desbordes. Esta película ya la vimos y conocemos el final. No queremos volver a vivir ni la crispación, ni la disconformidad, ni el nivel de enfrentamiento que padecimos en el 2008.

Nada bueno puede resultar de la hostilidad entre distintos sectores sociales, nada bueno nace de la rivalidad, del conflicto y el antagonismo. El campo y los productores no son enemigos de nada ni nadie ¿alguna vez lo entenderemos? En el 2019, según datos oficiales, el 63% de los dólares que ingresaron al país fueron generados por productos provenientes del sector agropecuario. Necesitamos el campo ¿alguna vez lo entenderemos?

Venimos de un 2019 particularmente difícil en términos de convivencia social, nos llevamos a marzo el respeto por el que piensa distinto, el diálogo y la escucha. No somos muy duchos en eso de celebrar las diferencias propias en las que se basa una sociedad democrática, siempre estamos más cerca de la división, la discusión y la fragmentación, que de la paz. Nos cuesta escuchar al otro, salir de lo que pensamos para simplemente entender por qué el prójimo piensa o siente de manera diferente. Nos ganan la soberbia de creernos los dueños de la verdad y la intolerancia.

En ese contexto, la crispación del campo por las retenciones y el fuerte aumento de impuestos en varias provincias, genera como contracara la irritación de los que conciben el campo como sinónimo de una oligarquía acomodada que no hace más que pensar en sí misma y que no mueve un dedo porque el fruto de sus riquezas cae como maná del cielo. No entra en el criterio de los que conceptualizan el sector rural con esos parámetros, ni el trabajo que se hace en el campo, ni la segmentación de pequeños, medianos y grandes productores, ni las inversiones que realizan, los riesgos que afrontan, ni los impuestos y la fuerte presión impositiva que soportan. Nada de eso está en su conceptualización, únicamente piensan en la gente del campo como oligarcas.

Mientras tanto, los productores de muchas provincias, empiezan a juntarse, dialogan, discuten, realizan asambleas, emiten comunicados a través de las instituciones que los representan, y analizan posibles medidas. Como la punta de un iceberg que se acerca a la costa de nuestro posible futuro, ya hemos visto varias protestas en distintos lugares. Volvieron los tractorazos como una muestra del malestar que crece en las entrañas de ese sector productivo.

Ahora bien, podemos estar de acuerdo o en desacuerdo, le puede gustar o no lo que dicen o lo que hacen, pero algo es irrefutable: las primeras medidas para morigerar la emergencia arrancaron imponiendo por ley la solidaridad, pero la solidaridad del prójimo, la propia llegó tibiamente, muy tibiamente, con el congelamiento de las dietas de los diputados y senadores nacionales, solo los nacionales, por 180 días. Un gesto débil y mínimo frente al latigazo que socialmente implica para muchos argentinos el ajuste que ya es ley.

Hubiese sido muy diferente si el Presidente nos decía que había tomado la decisión de enviar al Congreso un proyecto de ley de Emergencia Social y Económica pero que antes de hacerlo, por decreto, había bajado un 30% su sueldo y el de sus funcionarios, que además sus retribuciones quedarían congeladas por el mismo término de las jubilaciones y que también proponía el mismo gesto a toda la dirigencia política nacional, provincial y municipal, al tiempo que instaba a los funcionarios judiciales a hacer lo propio.

Eso hubiese sonado a solidaridad de todos con todos, eso hubiese sido una acción ejemplar de un gran estadista que sin dudas hubiese cosechado la simpatía de propios y ajenos y capitalizado un caudal social invaluable.

Pero no, la cosa empezó por otro lado, como siempre. Repitió la vieja fórmula en la que los jubilados, la clase media y el campo, encarnan la variable de ajuste por excelencia. Lo que tal vez no calculó con la debida exactitud, es que “la variable de ajuste por excelencia” está hasta la coronilla de serlo y ese hartazgo es un caldo de cultivo que pasado el verano puede prosperar para mal. Porque no cabe duda que necesitamos el campo y que el campo no es nuestro enemigo ¿alguna vez lo entenderemos?

Volviendo al campo, el ahogo que manifiestan, exacerbado en provincia de Buenos Aires por Kicillof que sumó algunos otros “premios” para el sector rural, no va a esperar hasta que llegue marzo y la única manera de no repetir el pésimo escenario del 2008, es que Alberto Fernández esté realmente dispuesto a escuchar, dialogar, consensuar y, sobre todo, a desactivar esa inquina injusta e infundada de muchos de los suyos contra el campo. Necesitamos el campo ¿alguna vez lo entenderemos?

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