Editoriales | Mauricio Macri

¿Alguien tendrá las agallas y la estatura política suficientes?

Todo lo que sigue se inscribe en el concepto de la incorrección política en el sentido más estricto, porque si hay un universo que no quiere abordar el tema de qué hacer con los planes sociales en Argentina, es precisamente el político.

Empecemos por el principio: estaremos todos de acuerdo en que los planes sociales no son la solución al problema de la pobreza y mucho menos al de la indigencia, estaremos también de acuerdo en que tendrían que ser paliativos temporarios, porque ¿qué otro propósito puede tener la política social que tender precisamente a la eliminación de la necesidad de esas políticas, que otro objetivo que mejorar la calidad de vida de los que no la están pasando bien?

Estaremos tan de acuerdo en lo anterior como en que nadie, pero nadie, nunca pero nunca, hasta acá, se ha animado ni siquiera a plantearlo. En principio porque es demasiado agobiante la situación de millones de argentinos, tenemos casi la mitad de la población padeciendo carencias, y para seguir, porque ningún político quiere asumir los costos ni siquiera de esbozar la problemática. Convengamos que, así como estamos, antes o después, se nos hunde el Titanic, es insoportable la presión sobre los que trabajan para sostener a los que no lo hacen y ya el hilo se ha tensado al paroxismo, por lo que, en algún momento, se va a cortar.

El tema es incómodo, pero en algún momento habrá que plantearlo seriamente, porque los 12 millones que trabajan para sostener a los 19 millones que por uno u otro motivo no lo hacen, ya no dan más y porque la asistencia en el largo plazo, carece de sentido, no ayuda a los necesitados a salir de su situación, no respeta su dignidad y no los ayuda a reinsertarse en el mundo productivo. Lo único que logra es perpetuarlos es esa situación eterna de necesidad, los conduce a la cronificación de su situación de pobreza, los estanca, los congela, los empuja a la changa vitalicia con tal de no perder el beneficio, los encarcela en una vida en la que el único horizonte es subsistir hoy.

¿Hay que ayudar a los que están en una condición desfavorable, hay que asistir a los que no pueden comer, a los que no tienen trabajo, a los que están sufriendo circunstancias calamitosas? Obviamente sí, hay que hacerlo, es una obligación política del Estado y una obligación cívica de los ciudadanos. Pero no hay que olvidarlos al mismo tiempo en el que se otorga el beneficio, no hay que pensar que con un plan solucionamos un problema, o lo que es peor, usar a los beneficiarios como rehenes políticos “aprovechables” para la elección que sigue.

La educación, la capacitación laboral y el acompañamiento hasta la reinserción en el mundo del trabajo, son los eslabones que nos faltan, son el desafío, el camino que muchos dijeron emprender pero que, si lo hicieron, fue sin grandes resultados. Recordarán el ejemplo del 2017 durante la gestión de Macri, con la implementación del “Plan Empalme”, con el que intentaron facilitar la inserción laboral de los beneficiarios de los planes sociales. Un año después, en 2018, con el mismo propósito reemplazaron tres programas (Ellas Hacen, Argentina Trabaja y Desde el Barrio) por un nuevo plan denominado “Haciendo Futuro”, una iniciativa muy auspiciosa que proponía finalizar la educación primaria y secundaria y la capacitación a través de cursos y prácticas profesionales, pero que nunca llegó a generalizarse, quedó circunscrita a algunos pocos centros puntuales.

Volvamos al principio: estaremos de acuerdo en que los planes sociales no son la solución, que el objetivo de todo plan social debería ser eliminar la necesidad del mismo y que en el largo plazo cualquier asistencia carece de sentido porque no contribuye a que los beneficiarios salgan de esa situación.

Aunque suene feo y políticamente incorrecto, el asistencialismo no ayuda a ningún país a ponerse de pie, el Estado no puede resolver todo el tiempo todos los problemas de toda la gente y si no propicia que los que están en situaciones desfavorables superen esa situación, no hay manera de reducir el problema. Los eternos beneficiarios son eternos marginados.

¿Alguien le pondrá el cascabel al gato? ¿Alguien estará dispuesto a pagar los platos rotos de trabajar para el largo plazo, aunque las medidas que tenga que tomar sean impopulares y signifiquen una mengua de sus votos en la siguiente elección? ¿Alguien estará dispuesto a pagar los costos para que sus sucesores disfruten los beneficios? ¿Alguien tendrá las agallas y la estatura política suficientes?

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