Editoriales | Alberto Fernández

Alberto puede entrar por la puerta grande de la historia

Suponer que Argentina va a salir adelante aplicando las mismas fórmulas que usamos hasta acá, es un desacierto que luego de 35 años de democracia y en estas circunstancias, resultaría imperdonable.

Alcanza con un repaso del panorama gubernamental del mundo para caer en la cuenta que la mayoría de los países avanzados logran altos estándares de calidad institucional y convivencia en base a acuerdos y consensos. Son naciones que ponen por encima de la confrontación y las diferencias ideológicas los ejes estratégicos de un proyecto nacional.

Sólo un acuerdo de todo el arco político alrededor de un programa de objetivos y acciones discutido, evaluado y consensuado podrá sacar a nuestro país de este atolladero que arrastramos por años.

Venimos y estamos en un momento muy complicado y vamos a seguir en la misma coyuntura si no damos el salto hacia una democracia integradora, hacia una democracia que por encima de lo partidario, de cualquier diferencia arcaica y perimida, de grietas y resentimientos, ponga lo esencial: los argentinos.

Necesitamos unidad, tenemos que ponernos de acuerdo, tenemos que institucionalizar consensos políticos, económicos y sociales, un acuerdo conceptual que siente las bases de la unidad en la acción. Dicho en criollo, debemos ser capaces de tirar de una vez por todas para el mismo lado, sin mezquindades, sin oportunismos, sin confrontaciones, porque lo que hemos sostenido hasta acá, es un sistema que está literalmente agotado y no nos lleva a ningún puerto.

El primer paso es dejar de buscar culpables, es una pérdida de tiempo extenuante, ya sabemos dónde y cómo estamos, no precisamos más diagnósticos ni descripciones del pasado, urgen las soluciones, tenemos la necesidad de empezar a ver cómo se reencauzan nuestros problemas, cómo el horizonte deja de ser otra crisis, cómo nuestras instituciones empiezan a ser gestionadas de manera profesional, cómo se empiezan a establecer rumbos posibles, cómo Argentina comienza a parecernos un país posible.

La verdadera revolución sería impulsar un gran acuerdo nacional, acuerdo que los políticos han promocionado de la boca para afuera cada vez que hemos estado ante una crisis monstruosa o con la aviesa finalidad de usarlo como estrategia de trampolín electoral.

Ningún acuerdo realmente se concretó, nunca se llegó a nada, siempre latente, siempre promesa, siempre concluyó en un compromiso vacío y oportunista, en una ofrenda para apaciguar las aguas, en un juramento violado.

Esto ha sido determinante para que dudemos y ha comprometido seriamente la confianza que tenemos en la probabilidad de que finalmente se materialice.

Llevamos 35 años de democracia en los que el método ha sido que el que gana decide e impone las reglas de juego y el rumbo, haciendo y deshaciendo sin siquiera atravesar el “escollo” de grandes discusiones en los cuerpos legislativos.

Llevamos 35 años de democracia en los que la confrontación y las diferencias irreconciliables han sido usadas para confundir, dividir y garantizar alternancia en el poder, haciendo que los errores de un espacio sentaran en el sillón de Rivadavia a unos y otros sucesivamente.

Ninguno quiso o ninguno pudo proponer y llevar adelante un consenso serio, todos lo invocaron impelidos por las circunstancias adversas, por las crisis o un momento acuciante.

Si Alberto Fernández quiere entrar por la puerta grande de la historia argentina y transformarse en el estadista que cambió para siempre el destino de nuestro país, tiene que ser el protagonista y artífice de un gran acuerdo nacional, tiene que convocar a todos los actores políticos, sociales y económicos y vertebrar un programa de gobierno que fije las prioridades en función de un proyecto estratégico que aborde las causas estructurales que trastocan nuestras posibilidades de crecer y desarrollarnos.

Si logra consensuar una agenda común de mediano y largo plazo con las definiciones de políticas públicas centrales, cosechará el apoyo de todos, los que lo votaron y los que no lo eligieron y tendrá, además del apoyo activo de las instituciones, nada menos que el respaldo de los argentinos. Si logra consensuar una agenda común, dará el primer paso para conseguir lo que todos esperamos, que Argentina sea un país para vivir.

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