Editoriales | Fernando Báez Sosa

Aflojemos con las simplificaciones

Simplificar es una manera de negar, simplificar es una forma fácil y rápida de poner la culpa en un lugar, circunscribirla para que no nos roce y, sobre todo, para que no nos obligue a nada.

Es una manera de decirnos socialmente que no somos todos, son ellos, solamente ellos, mientras nos lavamos las manos y podemos seguir haciéndonos los indignados, pero sin asumir ninguna responsabilidad.

La muerte de Fernando Báez Sosa se está transformando en eso, una simplificación en la que la culpa es de los rugbiers porque eran rugbiers, en la que Burlando teatraliza una profunda aflicción que no es tal y los medios agitan en sus pantallas profesionales de toda laya, algunos hablando jurídicamente de un caso del que desconocen el expediente, otros haciendo diagnósticos psicológicos sobre gente que jamás vieron en su vida. Un circo tan patético como inútil que no nos va a llevar socialmente a nada, y si eso se consuma, el asesinato de Fernando, además de aberrante, habrá sido en vano.

Simplificamos, reducimos, falseamos. No son los jóvenes, no es Villa Gesell, no son los rugbiers, no es el verano, ni la playa, somos todos todo el tiempo en todos lados. Haga un ejercicio simple, pero hágalo de verdad, esta misma noche, inicio del fin de semana, salga, vaya a la puerta de cualquier boliche de cualquier lugar y espere.En algún momento va a ser testigo del desenfreno, el exceso de alcohol, de alguna riña menor o mayor, se van a ir de boca y probablemente a las manos. Solo es cuestión de esperar para ver cómo la violencia forma parte de la escena.

Pero no se conforme con eso, párese un rato en cualquier esquina, va a ser más rápido si es una bien transitada. Haga lo mismo, espere y no va a tardar en ver alguna mala maniobra automovilística que derive en un insulto, alguna amenaza y tal vez concluya con alguna agresión.

¿Salió de vacaciones? ¿Fue a la playa? Si es así, también habrá verificado que solemos ocupar nuestro pequeño rectángulo en la arena como si estuviéramos solos en el desierto de Sahara. Nos importa un bledo si al que está cerca la gusta o no nuestra música, no nos importan los demás, por eso nos hablamos a los gritos, dejamos que los chicos pateen la pelota contra los espacios de todos los ocasionales vecinos, no atamos el perro que recorre todas las carpas y de paso pelea con otros congéneres, entre otras bellezas por el estilo.

¿Entonces? Entonces no hablamos de un hecho puntual, ni de un grupo puntual, ni de una ciudad puntual, ni de una noche puntual. Hablamos de la violencia que nos atraviesa, en distintos grados, que está ahí, latente, todo el tiempo, en todo momento. Hablamos de nuestra falta de entendimiento básico en el espacio público, de nuestra anomia permanente en las interrelaciones, de nuestra anomia en las normas básicas de convivencia, de nuestra anomia en el orden público, de nuestra certeza de que todo se puede, que todo está permitido en el espacio público porque nos pertenece, porque es nuestro y hacemos lo que queremos cuando queremos como queremos y si no, lo arreglamos a las trompadas, y qué.

No necesitábamos la muerte de Fernando para saber que esto es así, que somos así, que tenemos un problema y que no estamos haciendo otra cosa que mirar para otro lado. Si sólo pensamos que son los jóvenes, si creemos que solamente son los rugbiers, y que el único problema es el verano y la costa, estamos simplificando y vamos a volver a no hacer nada. Si el diagnóstico es equivocado no vamos a curar nada.

Si no estamos dispuestos a mirarnos y ver lo que nos está pasando, la muerte de Fernando queda acá, concluye en los tribunales con la sentencia a los 10 implicados y seguimos rumbo al próximo Fernando. Suena crudo, pero es crudo, porque estamos encaminadísimos. No nos estamos preguntando ni planteando temas básicos.

La simplificación es mala consejera, mucho más en casos como el del asesinato de Fernando Báez Sosa, que visibilizan y compendian en una sola escena todo lo peor y que por eso mismo ofician de bisagra. Pero, para que haya realmente un antes y un después, para que cambie algo, primero tenemos que acertar el diagnóstico. No alcanza con la empatía hacia la familia, con compartir su dolor, hay que hacer, y tomar el toro por las astas en esta problemática es reconocer que la violencia está presente en nuestro entramado social y que somos anómicos en nuestras interrelaciones y en el uso del espacio público. Asumir es el primer paso para dejar de simplificar, y dejar de simplificar es la puerta de entrada para hacer algo más que lamentarnos.

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