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Pensar en los demás, para salvarlos

Por Sergio Rossini - Una de las primeras novelas de Kurt Vonnegut, Dios le bendiga Mr Rosewater, planteaba una mordaz parodia del capitalismo norteamericano, hoy crujiente y azorado bajo la tormenta del coronavirus. Escrito en 1965, aquel texto ya señalaba el descalabro de las relaciones humanas cuando son mediadas y determinadas únicamente por el afán de lucro.

En las últimas páginas de esa novela uno de los personajes plantea una cuestión que, apenas iniciada la segunda mitad del siglo XX, tenía la fuerza de un interrogante contestatario, en tanto hoy se ofrece como una posible clave de interpretación en medio del asombro que provoca la peste planetaria.

(Dice Trout) -“Lo que usted hizo en Rosewater County no fue, desde luego, una locura. Posiblemente fue el experimento social más importante de nuestra época, ya que trató, a escala muy reducida, un problema cuyo horror tal vez llegue a ser mundial, debido a la sofisticación de las máquinas. El problema es éste: ¿cómo amar a la gente que no tiene utilidad?”

Después de asimilar el golpe que causa esa pregunta, el lector de Vonnegut se enfrenta al fundamento que da el personaje, vocero en aquel entonces de un futuro que hoy es puro presente: “Con el tiempo, casi todos los hombres y las mujeres serán inútiles como productores de mercancías, de comida, de servicio; y las máquinas serán la fuente de ideas prácticas en el campo de la economía, la ingeniería, y, probablemente, la medicina también. Por tanto, si no podemos hallar razones y métodos para conservar a los seres humanos solo porque son seres humanos, lo mismo daría que, como tantas veces se ha sugerido, los elimináramos”.

La vida como “riesgo”

En abril de 2012 el diario El País publicaba un reporte de su corresponsal en Nueva York. El título de la nota era “El FMI pide bajar pensiones por “el riesgo de que la gente viva más de lo esperado”. En conferencia de prensa, José Viñals, consejero del organismo, argumentaba: “vivir más es bueno, pero conlleva un riesgo financiero importante"

Menos de una década después de aquella brutal definición, llega la pandemia, que centra en la mira de sus virus a los adultos mayores.

Pareciera que, una vez más, funcionó la táctica del pastorcito mentiroso, aquel que alarmaba con la llegada del lobo, que no llegaba, hasta el día en que lo hizo, nadie reaccionó y el feroz se comió las ovejas. El cine y la literatura de ciencia ficción materializaron las peores fantasías de dominación colectiva, durante años. Pero eran ficciones, no había que tomarlas en serio.

Esta semana, en Página 12, Sandra Russo alertó: “Por eso es falso el versus economía o vida. A quién le cabe en la cabeza. Lo único que se debería estar pensando en los sectores que presionan aunque ellos también pueden morir, es cómo hacer para sumarse a la solución de la crisis. Lo contrario es condenar a millones y empieza a tomar forma de crimen masivo. Eso debería ser penado como un crimen contra la humanidad. No cualquier política es una política. Algunas, las que incluyen soluciones finales, son crímenes”.

Al repasar las palabras de aquel personaje de la novela de Vonnegut (/…/, lo mismo daría que, como tantas veces se ha sugerido, los elimináramos”) es inevitable preguntarse a cuál colectivo ideológico-corporativo le prestaba su voz. Porque pensaba en los seres humanos como elementos prescindibles según su mayor o menor utilidad para el sistema económico.

Sin embargo, impregnado de alteridad, el pensamiento puede ser otro, como proponía el poeta Roberto Juarroz: “Tal vez sea por esto/ que pensar en un hombre/ es empezar a salvarlo/.

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