JUEVES 08 de Diciembre de 2022
 
 
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Se fue una mujer. Se acalla una voz

Le llamábamos periodista rural al cronista del único diario o semanario pueblerino, en un tiempo sin televisión y sin radios; al quijote de papel y lápiz que contra viento y marea vivía el compromiso de interpretar a su gente y de entender las expectativas del campo que daba razón de ser.

Su medio periodístico solía ser el eco de los acontecimientos sociales y el promotor eficaz de las obras y progresos lugareños. El personaje daba testimonio de los éxitos o fracasos agrarios, sabedor de siembras y rindes y calibrador del buen o mal tiempo.

El padre de Gladys Sago, don Alejandro Eduardo, fue uno de esos periodistas rurales, y su pasión comunicativa la heredó su única hija, directora de “La Voz de Realicó”, hasta que hace unos días también ella se despidió de la vida respondiendo a la lógica de los ciclos.

La traté mucho a “la turca”. Era inquieta e imperativa, tan diestra en el arte de investigar como en el de traducir en palabras la razón de las cosas. Y la gran razón fue su pueblo, al que pretendía “despertar” con desafíos permanentes, apuntando a su desarrollo urbano, economía, identidad y cultura.

Su niñez transitó por el viejo taller aún con olor a tinta, poblado de historia y artesanías gráficas, verdaderas reliquias de la imprenta, con burros contenedores de tipos móviles, linotipos, antiguas máquinas impresoras y mesas de trabajo. Desde hace un tiempo el periódico se editaba en otro sitio y con sistemas modernos, pero siguen vigentes el edificio propio, el archivo de 85 años y el taller, declarados Patrimonio Provincial.

Gladys se formó en Santa Rosa y Buenos Aires en disciplinas siempre afines al periodismo. Fue corresponsal de La Nación y La Reforma y actuó con eficacia en el Centro de Residentes Pampeanos. Hasta que finalmente y para continuar el derrotero de su padre, regresó con gusto al Realicó de sus afanes.

En lo personal fue una trabajadora incansable y una buena amiga; en lo público recibió muchas distinciones y reconocimientos. Pero sospecho, por saberla siempre crítica y siempre insatisfecha, que se alejó de nosotros con la sensación de haber recorrido solo la mitad de un camino.

Pero ¿eso fue todo...? Claro que no. El viaje sin despedidas de “la turca” debe haber dejado una gran orfandad. Ella misma y el antiguo periódico que acalló de pronto su Voz, crean el vacío de lo cotidiano, de los conceptos punzantes, de la mirada inteligente, de lo singular y autóctono de una región.

Gladys se esforzó siempre en dar visibilidad a su pueblo. Y hoy lo estamos viendo a Realicó con el tono de las dolidas ausencias.
 

Por Hugo Ferrari - Especial para LA REFORMA

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