MARTES 29 de Noviembre de 2022
 
 
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No olviden la contraseña

Con sorpresa me enteré que existe un día dedicado a celebrar la contraseña. Es de carácter mundial y tiene por finalidad fomentar la importancia de obtenerla y recordarla, lo que nos ayudará a mantener segura nuestra vida en línea (o sea on line).

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Es el primer jueves de cada mes de mayo y fue creado por los profesionales de la ciberseguridad, quienes han logrado convencernos de que estas combinaciones íntimas y secretas tienen más importancia que la fecha de nacimiento, el aniversario de casamiento, el número de hijos, la cábala de la quiniela, el documento de identidad y el talle del calzoncillo. 

Luego me di cuenta de que todos los seres humanos, o casi todos, estamos supeditados hoy a esos numeritos o letras (claves numéricas o alfabéticas o mezcla de ambas) de las que dependen casi todo lo que queremos hacer a través de internet o de otras redes de datos.

También advertí que los seres humanos modernos, reunimos infinidad de estos caracteres, imprescindibles para operar en los bancos, comprar, vender, viajar, vacunarse, gestionar ante instituciones y empresas, pedir turnos de atención, averiguar, consultar, reclamar, quejarse y putear en clave.

Las contraseñas seguras y robustas son las llaves de nuestra información personal, lo que es decir la caja fuerte de nuestras dosis de vida, por lo que se hace necesario generarlas, recordarlas, anotarlas, esconderlas, cambiarlas periódicamente, evitar que otros las conozcan, eludir la curiosidad de los ciberdelincuentes, de los vecinos, de la esposa (o el marido) y hasta del perro si sabe leer.

A veces uno se siente esclavo de las claves, de la cantidad de aplicaciones y servicios que un individuo utiliza día a día, como las redes sociales y las aplicaciones de pagos. Y añora el tiempo en el que la memoria se reservaba para evocar los hechos históricos, las deudas con el almacenero, los acontecimientos familiares y las salidas con los amigos.

No obstante debemos reconocer que esta forma de registrarse sin que otros lo adviertan, de disfrazar intenciones y de mantener secretos de grupos es muy antigua. Se recuerda el uso de los “santo y seña”, que fueron señales orales codificadas o encubiertas, útiles para el reconocimiento entre tropas o buques amigos.

La expresión de “santo y seña” deviene del santo del día acompañado de otra palabra que en la milicia servía para reconocer a los del propio bando o para franquear el paso.

Pero por entonces las cosas eran más simples: En viejas crónicas de Buenos Aires se cuenta que para caminar por la vereda del cabildo se debía conocer la contraseña. Cuando el centinela gritaba “Alto... ¿quién vive?” había que dar la respuesta inmediata, a riesgo de ser empujado al barro de la calzada o de ir a parar al calabozo.

O sea que quienes sabían la contraseña podían andar por la vereda mientras que quieres la ignoraban estaban condenados a caminar por el barro de la calle.

Bueno. Hoy en día quienes le agarran la mano al celular, a las aplicaciones y a la navegación internetiana son los únicos que pueden circular por la vereda de la moderna urbanización. Los demás, a la calle...
 

Por Hugo Ferrari
 

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