MARTES 29 de Noviembre de 2022
 
 
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Cuando el pueblo dice ¡No!

En muchas oportunidades el adverbio de negación: No, alcanza una trascendencia vital para mostrar una línea de conducta y un accionar coherente.

El ejemplo que observamos, ocurrió, en Chile, es realmente para tener en cuenta y comenzar a analizar, si no es una demostración de fortaleza moral y de pensamiento.

Hace escaso tiempo decidieron, por mayoría, elegir cambiar drásticamente de orientación gubernamental. No renunciaron integralmente a un sistema semi conservador, que ha sido su línea desde hace varias décadas, al marco de una izquierda, podría decirse extrema, que planteaba un cambio, que ellos entendieron estaba haciendo falta.

Pero en forma inmediata mostraron, que nunca fue una ‘carta en blanco’, sino que estaba condicionado a mejorar las estructuras, que se habían comenzado a desmoronar y se estaba perdiendo, el respeto por las instituciones gubernamentales.

Gabriel Boric, pensó que el haber logrado romper un esquema político que había marcado una sociedad integralmente, por todo lo opuesto que él prometía, lo habilitaba para el gran cambio.

En razón de ello, un categórico 61 por ciento logró evitar cambiar la Constitución. Puso en evidencia, un crecimiento en el terreno de lo político-institucional, que debe mirarse con mucha atención en esta parte de América.

Los pronósticos se cumplieron, el ‘Rechazo’ se impuso en Chile. El país decidió desechar la propuesta escrita por la extinta Convención Constitucional. De esta manera, se abrió una nueva etapa de incertidumbre en el país que involucrará negociaciones políticas para alcanzar otro acuerdo por una nueva Carta Fundamental.

Esto deja en claro que los gobiernos responden a las decisiones de los pueblos. Ellos los ciudadanos, ciudadanas y jóvenes en condiciones de votar, tienen el poder de provocar el cambio, si así lo desean.

Por ninguna circunstancia, están los votantes de primera y los de segunda. Una vez que ingresó a la urna, o fue tomado por algún sistema de moderna tecnología, son todos iguales, millonarios, clase media, trabajadores, pobres e indigentes. Todos tienen la misma responsabilidad y en definitiva son los dueños de la suerte que les toca, si ganan, en quienes ellos pusieron sus esperanzas.

El ejemplo lo tenemos frente a nosotros. La Argentina se está debatiendo en un confuso escenario, donde se producen cambios profundos, que obedecen a determinadas y muy precisas maniobras del arte de hacer política.

Hay quienes tienen mayor formación en el difícil terreno de manejar los tiempos y las oportunidades, reconociendo el momento justo para instrumentar sus acciones y sacar el mayor rédito posible de ellas.

Para muchos de nuestros integrantes de la clase política, la sociedad responde a impulsos emocionales y llegado el momento de decidir lo hace con el corazón, no con el cerebro y muchas veces con el bolsillo.

En razón de ello es que nos venimos equivocando tanto. Incluso insistimos en el error, con un fanatismo que es realmente preocupante. Defender los principios y ser leal a su propio pensamiento, nos parece un derecho legítimo, que no puede avasallarse.

No todo es ‘comprable’. Como dice el refrán: ‘La necesidad tiene cara de hereje’. Y es allí donde se pega despiadadamente. La prebenda política desvirtúa la honestidad de una sana democracia, en donde todos los pensamientos y las opiniones juegan, en igualdad de condiciones, alejándose de los manejos espurios que solo alimentan ambiciones personales de poder.

Tras casi cuarenta años de haber recuperado la Democracia, pareciera que no aprendimos las lecciones que reiterados fracasos nos fueron mostrando cómo nos equivocábamos.

Tratamos de subvertir la esencia del espíritu igualitario. No tenemos demasiado reparo en desconocer la división de poderes y dejamos de lado el sentido común, solo nos anima el deseo de lograr nuestros objetivos. De esta manera admitimos que un integrante del Poder Legislativo, perteneciente al partido gobernante, pida que se anulen acciones, que otro Poder, el Judicial, tiene en curso para dilucidar si existió o no corrupción en un área específica del gobierno.

Allí aparece claramente el alto significado que alcanza el criterio que esbozamos en un principio: ‘SOMOS TODOS IGUALES’. Si logramos concientizarnos que esa es la fórmula ideal, comenzamos a darle valor, al poder que tenemos, cuando podemos decir: ESTO NO.

Miremos otras sociedades que nos rodean y que han aprendido de sus errores. También pueden equivocarse, pero es su decisión la que prevalece.

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