DOMINGO 02 de Octubre de 2022
 
 
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A la violencia se la erradica con convivencia

Está claro que no hay consenso generalizado en nuestro país para erradicar la violencia o al menos combatirla. Cotidianamente la vemos instalada en todos los ámbitos: política, seguridad vial, educación, laboral, género, etc.

Para enfrentarla no hay otra que la convivencia. El primer paso es aceptar que existe un Estado de Derecho que regula las relaciones personales y la capacidad de la sociedad en ponerse en el lugar del otro.

Al hurgar en el significado sencillo de violencia, nos encontramos que se la define como “el uso intencional de la fuerza o el poder físico o el poder psicológico, de hecho o como amenaza, contra uno mismo, otra persona o una comunicad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones”.

La convivencia es lo que debería anteponerse y en ese aspecto se la define, según algunos autores, en su amplia acepción como “el concepto vinculado a la coexistencia pacífica y armoniosa de grupos humanos en un mismo espacio”.

Los hechos cotidianos demuestran que no hay consenso en la sociedad de cómo enfrentar la violencia. Están quienes, sin expresarlo, sostienen que la violencia se combate con más violencia, remarcando que es la manera de amedrentar y disipar esa suerte de flagelo que nos azota como sociedad. También están los que sostienen que es el medio para ejecutar acciones reivindicativas que no son resueltas por medio de las negociaciones. 

Para salir de ese círculo violento debemos aceptar que existe un Estado de Derecho que regula las relaciones interpersonales y que debemos tener la capacidad como comunidad de ponernos en el lugar del otro. Esta es la parte central de la cultura de la convivencia, algo que vamos perdiendo segundo a segundo.

Si bien hacemos mención al Estado de Derecho, de una vez por todas hay que comprender que no todo se resuelve con leyes. Primero, que una vez dictadas debemos cumplirlas y no podemos admitir, desde la sociedad, que la primera reacción sea incumplirlas. No reconocer que nos estamos equivocando no hará otra cosa que aumentar la violencia, alejándonos cada vez más de la sana convivencia.

Precisamente hoy la política, en sentido amplio, no está dando ejemplos concretos y certeros de ir en el camino que casi todos deseamos. ¿Casi todos? Sí, porque en la sociedad hay quienes se sienten más cómodos en situación de conflicto que en el equilibrio que se pregona. Pero a estos no se los combate con más violencia, les debemos anteponer la cultura de la convivencia y eso no depende exclusivamente de normas regulatorias. 

Es imperioso un cambio cultural. La violencia nos daña a cada uno aunque no seamos víctimas directo de ella. Este fenómeno alcanza, parafraseando a profesionales de la salud, como una epidemia, se propaga rápidamente y controlarla no es sencillo, lleva su tiempo. Si tuviéramos que elegir un antídoto o vacuna, la única efectiva es la convivencia pero su resultado no es inmediato. 

Como es lógico suponer, el objetivo de terminar con la violencia se logrará en el mediano o largo plazo. Para ello es necesario dar muestras acabadas de empatía y derribar ciertos prejuicios que tenemos instalados en la sociedad. 

Lo sucedido con el intento de magnicidio a la Vicepresidenta de la Nación, las reacciones con discursos provocadores y las acciones cotidianas cuando se intenta frenar motivos de la inseguridad vial, son ejemplos prácticos para entender que tenemos que internalizar la empatía. Solo de esa manera podremos encontrar el camino de la convivencia que deseamos la enorme mayoría de los argentinos. No alcanza con un Estado que regule, requiere del compromiso de la sociedad en su conjunto. 
 

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