JUEVES 08 de Diciembre de 2022
 
 
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A jugar con las ofertas

Cuando se inicia un proceso pre-eleccionario, al que comúnmente denominamos ‘campañas’, aparecen, como por arte de magia, los que tienen las soluciones a todos los problemas que nos aquejan.

Es una competencia de ver quién logra captar con la oferta, a la mayor cantidad de posibles votantes para ganar la contienda encaminada. No podemos descreer de todos, tampoco confiar en cada cosa que dicen. Es una suerte de aprendizaje del ‘Viejo Vizcacha’, personaje gauchesco que utilizaba todas las artimañas que le permitían lograr su objetivo.

Ahora todos atienden el teléfono, muestran esplendorosas sonrisas y no dejan de palmearte como una forma de ganar tu confianza y que vos pienses cómo te tienen en cuenta.

Casi estaríamos por asegurar que si la mayoría es sometida al ‘polígrafo’, más conocido como detector de mentiras, quedarían enganchados.

Dado que la mayor parte de las promesas que nos dicen tiene fecha de vencimiento: el día posterior al resultado de las elecciones.

Hacemos diariamente un ejercicio, casi obligatorio, para lograr escuchar y ver exponer a todos y cada uno de los personajes que pretenden asomarse al mundo de la política.

De esta revisión, por lo general, en la zaranda quedan muy pocos, el resto es llevado por sus propias metodologías para ganarse el voto. Pero en este mecanismo, que nos resulta perverso, hay un gran sector de la sociedad que se engaña o se deja engañar porque quiere mantener la esperanza de que de esta salimos.

Es realmente un accionar, que siempre existió, pero que a nosotros nunca nos convenció. Se nos asemejaba a una especie de ‘trampa’, donde nos vendían los mejores productos pero que en la realidad eran falsificados.

Lo genuino, honesto, aquello que plantea que para llegar a superar los quebrantos hay que hacer un enorme esfuerzo social donde todos, y al decir todos, también incluimos a los que están viviendo de la prebenda política: hagan su aporte. No suma.

Pero ya estamos convencidos que ese discurso no gana votos. Entonces nos vemos sometidos a este andamiaje de estrategias que solo apuntan a generar confianza donde no la hay y de esa manera convencer a la sociedad que está esperando soluciones y que ellos son el remedio.

No pretendemos una clase de ‘filosofía política’ rama que estudia cómo debería ser la relación entre las personas y la sociedad e incluye cuestiones fundamentales acerca del gobierno, la política, las leyes, la libertad, la igualdad, la justicia, la propiedad, los derechos, el poder político, la aplicación de un código legal por una autoridad, qué hace a un gobierno legítimo, qué derechos y libertades debe proteger y por qué, qué forma debe adoptar y por qué, qué obligaciones tienen los ciudadanos hacia un gobierno legítimo y el porque’.

Todos estos contenidos forman parte de la educación y formación que nos estamos debiendo fundamentalmente para que cuando nos toque elegir, optemos por los más formados y capaces de resolver los problemas que hoy nos aquejan.

Tarea difícil emprender una campaña política en un país que tiene el casi cincuenta por ciento de su población con severos quebrantos económicos. Donde una gran mayoría, perteneciente a las tres, ya casi cuatro generaciones, no saben el valor del esfuerzo propio porque vivieron, viven y pretenden continuar viviendo de la ayuda del gobierno de turno.

Es indudable que la tarea a emprender en el futuro -gane quien gane- estará plagada de dificultades. Por eso lo más llamativo de este ‘juego’ es que nadie muestra las cartas con que cuenta. Es decir la sociedad está ajena y desconoce la existencia de proyectos que hablen de recrear el presente y convertirlo en acciones que permitan avizorar el futuro.

Hoy cada uno pelea por su ‘quintita’. Son pocos los que plantean fórmulas que nos permitan parar la debacle y dar inicio a la reconstrucción de un país que tiene todo para salir, solo le hace falta dejar de lado la mentira.

La ciudadanía debe concientizarse que para alcanzar la recuperación el esfuerzo deberá ser de los 45 millones de habitantes. Lo otro es verso y repetiremos la misma historia de fracasos.
 

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